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viernes, 24 de octubre de 2014

En Valparaíso No Pasa Nada

Con este título Agustín Squella alude hoy en una columna de la página editorial de El Mercurio a un Valparaíso que según él, da muestras de ser lo contrario de lo que la gente cree. Squella dice que en Valparaíso pasan muchas cosas. El problema según él, es que los porteños se encierran en su ciudad y peor, cada grupo en su propio ámbito. Dice que es una "ciudad habitada, una ciudad puerto,una ciudad universitaria, una ciudad patrimonial, una ciudad cultural, una ciudad turística y, si usted quiere, una ciudad legislativa". 


VALPARAÍSO
El problema es que a la larga enumeración de Squella le faltó una categoría que a los intelectuales chilenos siempre parece molestar: una ciudad empresaria. No es que Squella  se equivoque al no mencionar a los empresarios: en Vaparaíso no los hay o quedan muy pocos. No es ya la ciudad de los negocios y del comercio, el centro cosmopolita de Chile, la ciudad con un alma diferente a la del Chile tradicional, la ciudad que irrumpe en el Siglo Diecinueve tan pronto después de la Independencia, se decreta la libertad de comercio. Fue una ciudad que atrajo a los inmigrantes de todas las nacionalidades que vinieron al lejano rincón del mundo que es Chile, a participar en el auge y empuje de la naciente república. ¿Que los hizo huir cien años después de esta ciudad maravillosa que llegó a ser Valparaíso con su apéndice, Viña del Mar? 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El Tranquilo Encanto de Viena

Viena es una ciudad donde se vive gratamente, con tranquilidad, seguridad y sin prisas.

Viena fue una ciudad importante en el pasado europeo como residencia por más de tres siglos, de los Habsburgos, emperadores de un Imperio que incluyó hasta su fin en la época napoleónica, a la actuales Alemania, República Checa, Eslovenia y Austria, el llamado Sacro Imperio Romano Germano. Con posterioridad en el siglo XIX, Viena fue capital primero del Imperio Austriaco y después del Imperio Austro Húngaro.
Pleno Centro Vienés

viernes, 18 de octubre de 2013

Verano en Helsinki

Helsinki es una ciudad para vivirla, llena de humanidad, que mejora a sus habitantes y les hace grata su vida.

Los prejuicios suelen ser malos consejeros. Sucede con Helsinki la capital de Finlandia que se sitúa en el extremo nororiental del Báltico. A nosotros, nietos del Mediterráneo, el norte de Europa nos aparece envuelto en una bruma difusa y vaga. Estamos lejos de sentirlo como el centro de intensa actividad comercial, cultural y política que ya se manifestó como tal durante la existencia de la Liga Hanseática en el siglo XIII.  Nos parece entonces sorprendente oír noticias de la lejana Finlandia que dan cuenta de un notable desarrollo de la modernidad.

La modernidad en Finlandia se vive en medio de una simplicidad y sencillez que no descoloca al ser humano. 
Siendo sinceros debemos admitir que poco o nada sabemos de lugares como Helsinki o Tampere, Rauma o Turku, todas ciudades del mundo finés, o Vyborg, la antigua Viipuri de Finlandia, su segunda ciudad hasta la Segunda Guerra Mundial cuando los soviéticos la incorporaron a la URSS.

lunes, 27 de mayo de 2013

A la Búsqueda de Moscú

Moscú  ha sido una víctima en un doble sentido del turbulento siglo XX que afectó en forma  dramática a Rusia.

Por un lado la brutal urbanización del período soviético aumentó violentamente su población (de un millón de habitantes antes de la Revolución a los doce millones actuales) desnaturalizando la ciudad que se transformó en un "campo de trabajo", un dormitorio incómodo para los recién llegados cuyas vidas encontraban sentido solo en la participación en la maquinaria productiva y militar soviética.

La ciudad adquirió el cariz necesario para destacar el poderío y la omnipotencia de la autoridad soviética: edificios gigantescos y grandes avenidas. Pero todo  monótono y triste, con el sello prosaico de la burocracia y de los organismos de la planificación.  Se ausentaron las características iglesias, el comercio se hizo austero, pobre y desabrido. La funcionalidad se llevó a los extremos. De tener en 1900 una superficie de 82 km,  pasó a los 2500 kilómetros
cuadrados de la actualidad. Naturalmente ante este crecimiento explosivo y brutal el antiguo Moscú quedó reducido a un triste y oscuro segundo plano, después de haber sido por cientos de años el mejor reflejo de la cultura rusa. Lo justo habría sido que la nueva ciudad, el gigantesco conglomerado de trabajadores soviéticos, se hubiese llamado de otra manera porque su naturaleza es la antítesis de la ciudad que se llamó tradicionalmente Moscú.

Por otro lado Moscú para los occidentales que vivieron la Guerra Fría, fue la encarnación de lo que la guerra psicológica llamó el Imperio del Mal. Nada bueno podía salir de esta ciudad que era "la guarida de los más despiadados y desalmados malhechores". Y  esta guerra psicológica se sumó a la que antes emprendió la Alemania Nazi contra la Unión Soviética que caló hondo en los europeos y  alineó contra ella fuerzas de buena parte de Europa.

Con estos antecedentes difícil es que Moscú pueda gozar de buena prensa. Además los visitantes de hoy es probable  que hagan su vida en el área gigantesca de la ciudad soviética que no es precisamente grata. Y por eso es natural el poco interés de los forasteros por Moscú. Para ellos es más comprensible San Petersburgo, ciudad occidental hecha para deslumbrar a los visitantes.


Moscú plantea un desafío: ir a buscar la ciudad verdaderamente rusa, la que tiene una larga historia, la ciudad sencilla que no perseguía glorificar a las autoridades sino que hacer grata la vida a sus habitantes, la ciudad con un cristianismo alegre reflejado en sus iglesias multicolores y brillantes, la ciudad de las individualidades y de la espontaneidad, la que contribuyó tan fuertemente a la explosión cultural rusa de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Pero para ello hay que pasar por encima de edificios, calles y monumentos soviéticos.

No es una curiosidad ociosa descubrir este antiguo Moscú  pues refleja las raíces más profundas de la cultura rusa. Aletargadas y castigadas por el totalitarismo soviético, ellas deben sentir el efecto vivificante de la prosperidad y libertad que en tantos ámbitos goza hoy la sociedad rusa. Esta nueva vida de la cultura rusa podría sorprender gratamente a una época que presencia el agotamiento de las viejas naciones europeas.